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ÁFRICA ME LLAMA, encuentro entre percusionistas africanos y venezolanos llegados desde Madrid, destacó sobremanera en la II edición del festival TODOS LOS TAMBORES DEL MUNDO, celebrado en distintas ciudades de Venezuela entre el 14 y 19 de junio.

 

  El proyecto largamente acariciado por Nubenegra, tomó cuerpo, definitivamente, en el Teresa Carreño, el teatro por excelencia de Caracas, en la noche del 14 de junio de 2005. Apenas 5 tamboreros debían llenar el inmenso espacio escénico de una sala acostumbrada a óperas y grandes montajes teatrales. El mismo en el que momentos antes había arrancado el festival Todos los Tambores del Mundo con Café y Panela, una agrupación venezolana con cerca de treinta integrantes, entre percusionistas y bailarines.

Cuatro djembes y un dun-dun asumían el compromiso de acercar las dos orillas atlánticas. Los tres tambores del dun-dun, marcando el ritmo, obedecían a los impulsos de Alboury Dabo. Los djembes, a cargo de los venezolanos Néstor Gutiérrez y Dionis Bahamonde, del senegalés Chej Dieng y del guineano Aboubacar Sylla, aportaban color y fantasía con sus llamadas y dibujos. Ellos debían seguir al bailarín cuando éste iniciase la danza.

Al levantarse el telón, el dun-dun dio la bienvenida a los djembes que entraron de uno en uno, mostrando ya los dientes afilados en esos saludos previos. Con los cinco en faena, el público comprendió enseguida que aquello iba en serio. Por eso al terminar el primer tema el teatro se vino abajo.

Sylla se encargó de serenar el ambiente cantando una canción suya tras presentar el bolong que por vez primera sonaba en Caracas. Este singular instrumento, que recuerda lejanamente a una kora y tiene las funciones de un bajo, está en realidad más cerca del ardin mauritano.

Cuando la balada del de Guinea Konakry dejó paso a las dos primeras danzas de Alboury el teatro contuvo la respiración sobrecogido por el inesperado salto mortal que el bailarín dio volando por encima de un tamborero inclinado sobre su djembe. Alboury quiso contrastar, en su debut público en tierras americanas, la llegada al Nuevo Continente de sus antepasados, escenificada por la danza Nimba, con la presencia orgullosa ahora del hombre nuevo liberado de sus cadenas, danza Dundumba. Como consecuencia de ese sentimiento panafricano que el bailarín supo transmitir, por segunda vez el teatro se rindió emocionado.

Luego ya sólo hubo lugar para la celebración colectiva que, entre el rugir de los cueros y los saltos endiablados, rozó una catarsis festiva cuando Alboury puso en pie a la sala entera y la hizo moverse a su antojo, como hojas de los árboles mecidas por el viento de la sabana. Una onda espiritual recorrió el Teresa Carreño y todo el mundo supo del abrazo que en esa noche junio fundió las dos orillas.