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El pueblo saharaui está labrando, calladamente, una gesta en torno a la salvaguarda de su patrimonio musical tradicional. Al estar prohibida cualquier manifestación cultural saharaui en los territorios ocupados por Marruecos, es en el exilio, en los duros eriales de la Hamada argelina, donde no sólo conserva, sino que desarrolla su tesoro musical, el haul.

Veinticinco años fuera de casa son muchos. Tanto tiempo ha permitido que dos generaciones bien distintas tengan que enfrentarse a un mismo problema, con la diferencia de que una ha nacido en el exilio, y desde esa perspectiva lo hace. Así, lo que en unos es añoranza de una tierra perdida, en otros se torna en persecución de un mito soñado.

En las grabaciones realizadas a principios de 98 por Nubenegra, en las inmediaciones de Tinduf, donde habita la mayoría de la población, quedó patente el estado en que se encuentra la música saharaui. Su puesta en circulación en los mercados occidentales y la presentación que en muy distintos foros hizo el grupo Leyoad. Éste ha abierto a muchísimos aficionados la curiosidad y el ansia de profundizar en una cultura tan especial.

Mariem Hassan es una cantante de excepción. Procedente de Smara, es la voz de la experiencia, curtida en mil batallas pero siempre dispuesta a dar el todo por el todo. Es una voz sublime, llena de matices, que conoce tanto el mdejh -los viejos cantos de la tradición islámica- como las canciones más belicosas; suya es la fantástica Canción de la intifada, sobre una revuelta en los territorios ocupados. Mariem, además, lleva el tebal con ritmo envidiable y baila llena de gracia y elegancia. No podemos dejar de mencionar su extraordinaria participación en el disco de Luís Delgado, El hechizo de Babilonia, Premio de la Música (Nuevas Músicas) 2000.

El baile saharaui es muy particular y poco tiene que ver con las danzas del vientre que acuden de inmediato a la memoria de todo occidental. La danza saharaui es sofisticada. Todo movimiento es muy sutil, el de los dedos de la mano, de los brazos, hombros, caderas y pies. A la estilización de una danza como la de El juego de el tambor en la que la bailarina combina el toque del tebal con una mímesis de sus labores de acicalamiento se pueden contraponer otras claramente didácticas como la de la tuiza sobre actividades colectivas, y de evidentes raíces nómadas, o las más festivas de bodas y bautizos.

Los tambores tebal, patrimonio exclusivo de las mujeres, que los tocan sentadas en el suelo, marcarán los ritmos para bailes, para canciones e incluso para los poemas con los que se inician los conciertos, siguendo la tradición secular.

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